Philadelphia, una historia de Aeropuerto

Los Aeropuertos son esos lugares de ires y venires de cientos de personas con sus propias historias de vida y de viaje.

En las muchas horas de espera en vuelos de escala o cambio de avión he pisado aeropuertos que me han dado para escribir historias y también imaginarlas. Es una tarea de observación y hasta contemplación hacia otros tantos viajeros que como yo, se encuentran en un tránsito, en un paso por el lugar.

Los pasillos de Aeropuertos se convierten en un dechado de besos, lágrimas, silencios, alaridos y abrazos que dan para todos los relatos posibles. Es la esencia del ser humano en un espacio impersonal lleno de energía desbordante, de soledades y encuentros.

Hay viajeros de todos los tipos, formas, colores y aromas. Y cuando rescato particularmente la palabra aroma lo hago recordando aquel chico y su madre sentados frente a mí en el Aeropuerto de Philadelphia mientras al igual que yo esperaban su vuelo a la ciudad de Miami. No es una cuestión de casualidad sino de causalidad y no del cómo sino del cuándo. Aquí va la historia…

Mi llegada a esta ciudad fue un “mira y vete”, una escala de varias horas entre un vuelo Nueva York – Bogotá con parada en Philadelphia y Miami. Y aunque con poco tiempo, decidí dar un rápido vistazo a “El Beso”, una de las obras escultóricas más representativas del modernismo ubicada en el Museo Rodin de la ciudad. Así que merecía la pena dar el paseo por el centro para luego volver al ajetreo del vuelo casi interminable con sus tantas escalas.

En medio de la visita al Museo, me llamó la atención un fuerte olor a lavanda el cual no lograba identificar de dónde o de quién provenía. Estuve al menos así una hora, sintiendo como si me persiguiera. Me mareo fácilmente con la mayoría de aromas, huelan bien o mal, mi olfato es bastante raro. Mi sorpresa vino cuando descubrí que era yo quien iba tras el olor, me había atrapado y me tenía encantada como pócima mágica.

Debía disimular para no parecer la loca husmeadora, así que tuve cuidado de no ser descubierta. Olía a uno, olía a otro, a otras, a otros y nada. Entre tanto y casi sin darme cuenta me encontré de frente la gran obra de Rodin. Me quedé perpleja entre sus figuras y simbolismo. Pasaron un par de minutos y vino a mí nuevamente la lavanda, cada vez más cerca hasta que el olor se puso a mi lado. Giré la cabeza y descubrí que provenía de una mujer y un chico de unos 11 años. Ella le explicaba a su hijo que las figuras eran la representación de un beso de amor, así como el beso que ella y el padre se habían dado cuando se conocieron y que por esa razón papá había guardado y coleccionado durante años estampas, litografías y reproducciones de la Obra, era “su obra de arte”. Mientras contaba la historia, sacó de su bolsillo un frasquito con aroma de lavanda y puso alguna gota en las muñecas de sus manos a la vez que el chico decía que era la forma más bonita de recordar a papá. Me conmovió la corta historia y la imagen pero tenía muy poco tiempo y quería ver algo más del museo así que seguí con mi recorrido.

No supe las razones por las que el padre ya no estaba allí, todo podía caber en mi imaginación, quizás estaría en otro país, o tal vez trabajando. Sin embargo, mis dudas sólo se despejaron hasta unas horas después cuando mientras esperaba en la sala del Aeropuerto a la llamada de mi vuelo sentí nuevamente aquel olor a lavanda. Esta vez no me perseguía ni lo perseguí. Simplemente llegó y lo sentí muy cerquita. Eran ella y el chico sentados a unos cuantos asientos del mío. A lo lejos escuché casi el susurro de ella al decirle al niño que una gotita de lavanda detrás de cada oreja les haría descansar y relajarse y así tener un vuelo más tranquilo de vuelta a casa tras la ausencia de papá a quien estaban haciendo el duelo tras su reciente partida – era hora de volver en ese vuelo a casa, pero con la imagen de un “Beso” en homenaje a él –

Aquel olor a lavanda acompañó mi vuelo y efectivamente hizo que aquel viaje tuviera una sensación de calma y serenidad.

Es increíble cómo un aroma puede transformar los momentos, convertir una situación de tensa espera en un momento memorable. Esto ha sido siempre la lavanda para mí, un aroma con olor a viaje.

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